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de abril, un día para conmemorar la conquista
Por: Óscar Téllez Dulcey
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Twitter: @oscar_ftellez
En un día tan especial para los países de habla castellana, española o como le quieran llamar al idioma originario de España -que evoluciona de un castellano bastante complejo a la hora de revisar documentos antiguos- quisiera unirme de lleno a la celebración, pero me quedan dudas si este idioma merece tal parranda. No quisiera unirme a quienes alrededor del globo leen las diferentes versiones del Quijote en eventos públicos. Incluso discuto con aquellos que hoy día (por causas de su muerte el pasado jueves santo) pregonan las obras del García Márquez para conmemorar dicho día.
El día del idioma se ha convertido en una industria cultural que los españoles han exportado a aquellos países que fueron colonias de la corona por allá en el siglo XV, y que, al estilo de San Valentín, el día de San Patricio y la navidad, los colombianos hemos aceptado celebrar con gran euforia. Le rendimos tributo a algo que nos es en principio ajeno. No nos preocupamos por leer nuestra historia, y ponemos al español por encima de una serie de dialectos y lenguas nativas que fueron reprimidas y, en gran parte exterminadas, por la raza tan noble e ilustrada que desembarco en América desde el año 1492. Nos aferramos a seguir conmemorando la conquista.
Bastante raros resultamos los colombianos (y menciono a los colombianos porque no me atrevo establecer situaciones de otros países latinos, a los que ni siquiera he admirado). Aquí procuramos aprender perfectamente el español, pero no nos preocupamos por interpretar las lenguas nativas de la región. Para nosotros los dialectos indígenas quedan sumidos en los resguardos de las diferentes familias aborígenes que aún viven, y le apostamos a la ortografía, a la fonética y al total conocimiento, de lo que -al mejor estilo de la organización Tercera Fuerza- llamamos la ‘’madre patria’’.
Esta reflexión la escribo en español, simplemente porque no tengo el dominio de la verdadera lengua madre de los colombianos. Como me hubiese gustado escribir, entender y comunicarme mediante cualquiera de los dialectos aborígenes que algún día reinaron en nuestra tierra. Quisiera dejar la ortografía y la puntuación de lado, porque simplemente no me interesa responder a esas lógicas -que son lo más parecido a la matemática- que se hacen exactas y que varían poco o nada, con respecto a la evolución de nuestra sociedad.
Si, como dicen por ahí, tener ortografía es como tener mal aliento, reconocer el español como el idioma que debe hablarse, es como ponernos la caja de dientes de un extraño. Y nos sentimos tan superiores por usar la caja de dientes del extraño. Los miembros de diferentes pueblos indígenas son ridiculizados por mantener vivas sus raíces y reconocerse como tales. Aquí, mediante la lengua española, insultamos diciendo indio; ofendemos a otros al decirles guaches o guarichas, nos miramos desde la perspectiva eurocéntrica y nos olvidamos que los colombianos somos producto de una mezcla racial y étnica, y que quienes nacieron originalmente en esta tierra fueron los miembros de la gran familia indígena.
No le apostemos a olvidar el español. Apostémosle a preservar y poner por encima de cualquier idioma, las lenguas nativas de nuestro país. Y tengamos mucho cuidado, no sea que el imperio de turno nos acabe por colonizar mediante el idioma (aunque hoy por hoy logra su cometido). Dejemos la pendejada, que nuestra meta principal no sea hablar inglés, ni alabar al español. Creámosle a los pueblos aborígenes. Que una de nuestra metas sea comprender y podernos comunicar mediante una lengua de las diferentes familias indígenas, propias de nuestro territorio.
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