¿Quién tiene ganas de morir hoy?
Por: Edwin Sandoval Montoya
Facebook:Edwin Sandoval
Twitter: @EdwinS_mrJ
“El final ya está
cerca y enfrento el último telón. Amigo, lo diré sin vueltas, tuve una vida
satisfactoria”
Tuve una vida
satisfactoria… y lo hice todo a mi manera, dice Frank Sinatra en su canción, y
lo más seguro es que dicha frase fue repetida por los distinguidos miembros del
club de los suicidas en su último momento. Cuando hablo del club de los
suicidas no me refiero al libro de Louis
Stevenson, ni a la película homónima de origen español; sino con el pertinente
respeto evoco a iconos musicales como Elvis
Presley, Janis Joplin, Jimi Hendrix, Jim Morrison , Kurt Cobain, Sid Vicious y por qué no el ex vocalista de la
orquesta Guayacán, Jairo Ruiz.
La música fue su escape, la creación su alternativa
directa al encuentro con la libertad, libertad inexistente que más tarde se convertiría en el estandarte
del sexo, las drogas y el rock and roll.
Esta expresión atrevida gracias a sus
excesos seria inmortalizada y digna de ser recordada en cada canción que aún se
escucha.
Si no es por unos cuantos nombres que he mencionado antes
me estaría refiriendo
exclusivamente al club de los
27, aquel donde reina la filosofía del
vive rápido y muere joven. Hendrix, Joplin, Morrison, Cobain, a quienes se recuerda por morir a los 27
años, acompañados de heroína, ácidos, somníferos, unas cuantas botellas de vino
y una escopeta cargada de un solo cartucho. Notas de suicidio que descarnan y
reviven depresiones, malas conductas e insuficiencias de la fama combinadas con
anfetaminas.
Ellos son los iconos musicales que pasan a la historia
que son recordados, alabados, otras veces satanizados pero aun así siguen
siendo leyendas. Los sonidos estridentes de la guitarra de Hendrix siguen
escuchándose por quienes disfrutan del rock y los de Jairo Ruíz en tabernas y
cantinas colombianas al son de media de néctar o en su defecto una cerveza bien
fría “ pa´ la sed”. Qué sería de su música si aún siguieran con vida, quizá no
estarían en la cima que alguna vez alcanzaron, pero al cruzar la línea han de
pasar a la historia y de ser evocados dignamente como miembros del club de los
suicidas; el grupo de músicos que dejo un legado acreedor de seguir siendo
atendido.
Tan solo me queda exponer mi expectativa y rezar este
jueves y viernes santo entregándome a los peregrinajes y al pertinente ayuno
para que a Silvestre Dangond no le pase lo mismo, y no es porque sea digno de
mi admiración. Por el contrario, este hombre es el digno ejemplo del
improperio; es una injuria, una blasfemia,
una afrenta, nada más que una grosería a la música y a la idiosincrasia
musical de nuestra patria. Ahora realizo la pertinente aclaración para el
lector que comulgue con el señor
Dangond, tan solo mi deseo es que no sea recordado en unos años como leyenda
del vallenato, por un hecho tan lamentable como su muerte.
En fin, mi labor tan solo destaca y evoca hechos lamentables que se convierten
en un ejercicio de memoria con cada acorde y cada palabra cantada por los nombres
que he mencionado con anterioridad. Sin
indicar que aún faltan muchos más por evocar, unos cuantos más serán
bienvenidos en el club de los suicidas.

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