La
sed de Cristo
Por: Óscar Téllez Dulcey
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Twitter: @oscar_ftellez
<<En pleno apogeo de la Pascua quisiera apostarle a ser profeta, solo para plasmar mi opinión sobre un hecho que encierra a Jesús –el tan llamado mesías- a través de una historia que he rediseñado, visto con otros ojos e interpretado de forma diferente. Puede que muchos conozcan la historia, a ellos les planteo otra visión de los hechos; otros, por su parte, no la conocerán, y cuando terminen de leerla los invito a buscar otras versiones de la misma para contrarrestar la veracidad>>.
A continuación, les presento la historia que he querido entender de una forma diferente a la tradicional, siempre repetida, poco novedosa y convertida en cliché:
Vino Jesús a Sicar, una ciudad de Samaria. Allí Jesús se acerco al pozo de Jacob, un símbolo de vida para la descendencia de José, hijo de Jacob. Jesús se sentó junto al pozo para descansar, mientras sus discípulos buscaban comida en la ciudad. Luego, llegó una mujer a sacar agua del pozo y Jesús le dijo: -dame de beber.
La mujer, sin verlo aún de frente, levanto su cántaro para llenar una pequeña vasija que siempre cargaba. Sin reproche alguno, la mujer dio de beber a Jesús y al mirarlo y detallar sus vestiduras le dijo: -eres judío y debería darte veneno por agua, pero eres un caminante y no es humano dejar sediento al caminante.
Jesús, mirándola también de frente, recibió la vasija llena de agua y respondió a la mujer: -tú no me reniegas por mi condición de judío, por eso yo tampoco renegaré por tu condición de samaritana. Pero has de saber, hija de Jacob, que no necesito beber del pozo cuya agua no deja de ser un líquido de mortales, un líquido que pretende curar la sed, pero que te hará sentir sed muchas veces más, y deberás tomarlo indefinidamente en tu existencia.
-Si no necesitas el agua del pozo, por qué la recibes- dijo la mujer a Jesús.
-Para darte a conocer la mortalidad de aquellos que habitan toda la tierra- respondió Jesús, -para hacerte saber que existe un camino que te dará la vida eterna y es representado por un cántaro lleno de un agua que curará tu sed hasta el final de los tiempos.
La mujer, dejando el cántaro de lado y sentada junto a Jesús, le dice: -tú, que estás representado únicamente por la carne, hablas de un camino para llegar a la vida eterna. ¿Quién te crees, para replicar esas palabras tan propias de sacerdotes y profetas, acaso eres rabino?
-No puedo responderte qué me creo- dijo Jesús, -únicamente, puedo decirte que yo soy el cordero de Dios, ese que quita el pecado del mundo y que les enseña mediante el amor una vida llena de gozo e inmortalidad, una vida que es el agua que en verdad cura la sed, un agua diferente a la del pozo del Jacob.
-¿Acaso eres tú el tal Cristo?- dijo la mujer, -ese que predica la salvación de las almas y es capaz de llenar plazas enteras cuando recita un discurso. Acaso tú, el que está junto a mí sediento, lleno de sudor y fatigado por un largo viaje, pero que aún así habla de no volver a tener sed, ¿eres el tan aclamado hijo de Dios?
-Así es, ese soy yo, el hijo de Dios, la verdad hecha carne- respondió Jesús.
-Y dime, ¿qué es lo maravilloso del agua que en verdad cura la sed sediento mesías?- preguntó la mujer a Jesús.
-Lo maravilloso- respondió Jesús, -es la felicidad de una vida junto a Dios, la hermosura de un mundo sin corrupción, donde la inmortalidad es el mayor de los premios, y ni siquiera existen males como la sed.
-Pero, ¿acaso no es el hecho de estar sediento lo que hace que disfrutemos cada trago de agua con gran gozo?- replicó la mujer, -¿acaso cada momento de nuestra vida no es más hermoso porque llega la muerte?, de mi parte sediento mesías, no creo que la inmortalidad sea el mayor de los premios, sino más bien un castigo que le quita belleza al vivir y se vuelve como un mismo pan sobre la mesa todos los días.
-¿Pero de qué hablas mujer?- preguntó Jesús, -¿no quieres una vida que dure para siempre al lado de quienes serán tus hijos y de tu próximo esposo?
-Si fuese eterna no la quisiera- respondió la mujer, -si fuese eterna no existirían las calamidades en el mundo y esto no permitiría crear un sentimiento tan fuerte como es el amor, ese del que tanto predicas. Si fuésemos eternos no habría necesidad de odio, de asumir las culpas, y tampoco habría necesidad de amar.
-Entonces, ¿prefieres una vida con calamidades y llena de errores para todos los hombres?- preguntó Jesús.
-Si la prefiero- respondió la mujer, -la prefiero porque así se aprende a amar, se aprende a asumir nuestros errores y responsabilidades, se aprende a ser carne sediento mesías, como lo has intentado tú, y eso se llama vivir, cada momento se vuelve más hermoso y cobra más importancia porque sabemos que llega la muerte y creemos en una única vida para ver este hermoso mundo.
La mujer recoge su cántaro y regresa a su casa. Los discípulos de Jesús vuelven con la comida que fueron a buscar. También, detrás de Pedro y Felipe, se dirigía hacia Jesús una multitud de samaritanos que escucharon que el mesías se encontraba cerca y querían escuchar una de sus reflexiones públicas.
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